26 de abril de 2011

Adiós a la máquina de escribir

No sé si habrá pasado desapercibido a la prensa española, pero el motivo por el que escribo esta entrada tiene parte de actualidad y parte de nostalgia. Ha sido esta última la que me ha hecho sonreír en la intimidad de estas cuatro paredes, frente a la pantalla del ordenador.

Para mayor gloria ha quedado la industria de las máquinas de escribir. Lo expresa muy bien el titular del Daily Mail Online:

The end of the line: Last typewriter factory left in the world closes its doors

Hoy se ha cerrado en Bombay (India)la última fábrica de máquinas de escribir del mundo. Al saber de esta noticia me han visitado recuerdos, imágenes, momentos muy agradables de un niño de nueve años que aprendía, sin saber, toqueteando la viejaOlivetti Olivetti azul de su padre, escribiendo cartas a sus primos con sus deditos cortos, jugando al escondite con las letras de las teclas que había que pisar.

Casi puedo sentir el papel, el finísimo papel que introducía en el rodillo en los primeros tiempos; casi sentir cómo oía aquella máquina, casi puedo ver como si estuviera allí otra vez el mecanismo que golpeaba la cinta de color negro mediante la cual se estampaba cada letra.

Muchos momentos de silencio roto por la campanilla que anunciaba el final de la línea he pasado junto a este invento. Cuando era niño, las clases de mecanografía era una de las actividades extraescolares más populares que habían. Yo nunca fui a ninguna, mas aprendí a defenderme más o menos bien con el teclado. En cierto modo sentía cierta envidia de aquellos amigos que sí iban y que aprendían a escribir a velocidades de vértigo al tempo del metrónomo. Siempre me pareció que más que aprender a escribir “a máquina” estuvieren tocando un instrumento musical.

Hace años que no escribo con la vieja Olivetti azul. La última vez que introduje un folio en blanco entre los rodillos fue para redactar un trabajo de filosofía en el instituto. Meses después el ordenador entró definitivamente en mi vida y la cambió para siempre.

En la memoria, indeleble, quedarán los recuerdos de aquellos días en los que fuimos felices.

22 de abril de 2011

Semana Santa

Estas fechas son interesantes, siempre. Los pueblos y ciudades de tradición semanasantera (¿se podrá decir así?) sacan el arte a las calles, y con él, la tradición, el folklore y los sentimientos.

A estas alturas sucede lo que en Navidad: todo el mundo la celebra, pero nadie la siente. Porque, vamos a ser sinceros y pongamos los puntos sobre las íes: aquellos que lloran porque no han visto procesionar su virgen, no lo hacen por la fe, lo hacen por la tradición. Tradición que pierde su sentido, si te importa lo mismo lo que signifique una talla de Salzillo que un arroz y conejo (y pongo estos dos ejemplos por ser ambos muy murcianos).

Muy esperanzado en que se conserve bien todo el contenido3434251171_035968d2da (artístico para quien le interese, religioso para quien lo practique) que envuelve la semana santa, alzo mi voz contra aquellos que sacan “al santo” a hombros porque lo sienten muy dentro, porque es “la fe de mis mayores”, y son incapaces de darle un euro al negrico que pide en la puerta de supermercado. Alzo mi voz contra aquellos que hacen de las cofradías impenetrables clubs para escogidos, para unos cuantos que utilizan la real cofradía de las narices como medio para realizar contactos y hacer negocios. Alzo mi voz contra aquellos que están más preocupados por las finanzas de la hermandad que por los fines de la hermandad.

Escribo estas líneas mientras oigo las cornetas sonar, el repiquetear de unas cajas chinas, los aplausos de la gente y el tañir de una campana que lanza sus señales a los anderos. Mientras tecleo frente al ordenador, confío también en que quien lea, sepa que existe muchas más semanas santas interesantísimas en España, más de las que el telediario pueda contar.

Por cierto, si alguien le proporcionara trabajo al negrico, seguro que le haría mejor favor que todos los euros dados.

En la imagen, “Cristo resucitado”. Talla de José Hernández Navarro. Fotografía de Pablo Alcolea en http://www.flickr.com/photos/encespaico.